Ian descubre el mar

(7 días resumidos en 1,100 palabras)

Después de nuestra visita al zoológico, la familia cachetes se embarcó en una nueva aventura que requirió horas de carretera, dos aviones y siete días de felicidad sin medida.

Todo comenzó un viernes por la madrugada; el guapo de mi marido llevaba las maletas a la camioneta mientras Ian y yo revisábamos que no se quedara nada esencial. En cuanto lo pusimos en su sillita, nos regalo una sonrisa y segundos después se quedó dormido, como sabiendo que tenía que guardar toda su energía para lo que le esperaba.

Durante las siguientes horas Ian soñaba con elefantes, leones y pingüinos.

Por fin llegamos al aeropuerto y nuestro pequeño explorador veía todo, muy atento de lo que pasaba a su alrededor. Cuando nos subimos al tren que te lleva de terminal a terminal, Ian descubrió que el lugar en donde estábamos, era la capital de los aviones y señalaba al aire con las dos manitas todas las aeronaves que aterrizaban y las que emprendían su vuelo.

Por fin después de algunos minutos bajo sus brazos y viendo a su papá exclamó “wow”.

Llegamos a nuestra sala y abordamos el avión que nos llevaría a nuestro destino. Ya en nuestros asientos, mi pequeño Ian no dejaba que “Juan Pestañas” lo llenara de su encanto, así que hizo todo lo posible por mantenerse despierto. Una vez más, nos demostró a mi guapo marido y a mi, su inmensa capacidad de asombro con las cosas más pequeñas; la magia de viajar en el aire, como lo hacen las aves, de ver nuestra tierra desde lo alto, tan hermosa, tan perfecta.

Llegamos a Cancún y mi aventurero favorito iba con esa cara tan característica de él, como si supiera lo que le espera, como un niño a punto de abrir sus regalos en Navidad. A la primera que vio fue a mi mamá y bueno, después no recuerdo bien como reaccionó mi niño porque a mi se me llenaron los ojos de lagrimas de la emoción de poder abrazar a mis papas y a mi abuela, pero tengo muy claro en mi memoria todo lo que pasó después.

Llegamos al hotel que sería la sede de nuestra aventura veraniega y lo primero que llamó la atención de nuestro conquistador fue la fuente llena de piedras de todos tamaños en el centro del lobby. En automático se dirigió con paso firme, acompañado de su abuela, a investigar de que se trataba ese artefacto de gran tamaño que parecía estar llorando. Para llegar a nuestras habitaciones tuvimos que subir a un elevador, al principio, Ian no sabía si debía confiar en esa caja de metal con puertas qué se cierran en un mundo y se abren en otro, así que por seguridad, no dejo los brazos de su papá en ningún momento durante esos cuatro pisos que duró el viaje.  Llegamos a la habitación y para ser honestos, Ian no parecía muy impresionado, hasta que encontró los compartimentos secretos, a un lado de los escalones con fondo para que su mamá guardara tesoros, que más tarde él descubriría. Nos pusimos el traje de baño y bajamos (esta vez no estaba tan asustado en el elevador) caminamos en medio de la selva, vimos animales exóticos y después de pasar por la alberca, llegamos al mar.

Ian veía la inmensidad de esa mancha azul y no apartaba su vista. Lo bajamos para que caminara en la arena y aunque al principio no estaba muy seguro si era una sensación agradable o desagradable, comenzó a mover los deditos de sus pequeños pies, como intentando asimilar los granos de arena en su piel de bebé. Después de caminar por toda la orilla tomado de la mano de su abuela, se decidió a explorar esa gran mancha azul, que parece refrescarlo de lo caluroso del ambiente. Su papá lo cargó y poco a poco se fueron internando en la profundidad del mar (que para ser justos, en 500 metros el agua le seguía llegando a la rodilla a mi marido). Estuvieron un rato y su abuelo decidió acompañarlos en esta aventura. Ahora en los brazos de mi papá, Ian seguía tocando el agua, veía a su incondicional compañero aventurero (mi guapo marido) y a su viejo amigo (mi papá) buscando la respuesta de porque esta “tina” no parecía tener final. Cuando el sol comenzó a caer decidimos regresar a tierra firme, no sin antes pasar a la alberca y claro, como ya es costumbre en mi aventurero favorito, sorprendiéndonos a todos con su valor y valentía. Mientras otros bebes nadan con miedo rodeados de flotadores, chalecos salvavidas y demás objetos que los papás nerviosamente ponemos en ellos y que impide que disfruten el agua, mi hijo decidió que no quería su chaleco y que quería aprender a patalear, sí, mi hijo de 14 meses encontró el gusto por el agua, por los clavados y en los últimos días, hasta disfruto de hacer “busitos” con sus papás.

Llevamos a Ian a Cancún para que descubriera la inmensidad del mar, él encontró el cariño de una bisabuela moderna, que escucha música de Maluma, es fan de Checo Pérez y sabe más de futbol que muchos hombres. En mi abuela, mi bebé descubrió un cariño diferente al que sus abuelos y nosotros le podemos dar, un amor incondicional y sincero, lleno de abrazos y besos, lleno de bendiciones y ojos desbordados de ternura. En ella, mi hijo encontró unos brazos siempre dispuestos a llevarlo de la mano y a acompañarlo en todos los momentos de su vida, en su memoria y en carne y hueso.

Mi niño también se reencontró con su abuelo, ese señor alto con ojos serios que si lo carga pareciera que alcanza el cielo, ese abuelito que le enseña la diferencia entre lo que es legal y lo que es correcto. Un ejemplo de vida, de rectitud; en su abuelo, Ian encontró un amigo, que imita el sonido de los pájaros, que lo lleva por toda la alberca, que le hace caras para que se ría, que juega a las escondidas con él, que lo abraza y lo hace sentir seguro y sobre todo, un abuelo que daría todo por su nieto. En mi papá, Ian encontró un pilar en quien apoyarse hasta en los momentos más duros.

Nuestro querido explorador también aprovechó esta aventura para seguir sembrando el cariño de su abuela. Con mi mamá, Ian encontró las enseñanzas de una maestra de vida, los apapachos que su mamá no puede darle, porque tengo que educarlo. Encontró una cómplice para sus aventuras y travesuras, una aliada para sus sueños y unos ojos llenos de amor que siempre lo van a hacer sentir capaz de lograr hasta la más descabellada de sus metas. Su abuela se convirtió en esa ladrona de sonrisas que es capaz de hacerlo feliz hasta en la más profunda tristeza, sin darle de más, pero siempre justo lo que necesita.

Ian el aventurero, encontró a una familia llena de tíos y tías que lo quieren y que siempre van a estar ahí para el.

La familia cachetes fue al mar. El más pequeño de sus miembros descubrió sus raíces en Tulum, la historia familiar con sus tíos, su bisabuela y sus abuelos, descubrió la inmensidad del océano, lo maravilloso de la selva y todo lo que en ésta habita, se aventuró en el agua de la alberca, fortaleció su facilidad para ser feliz con las cosas más sencillas, como el chorro de agua de la regadera, la hormiga que camina en el piso, el melón que desayuna o el ave que emprende su vuelo. Su papá y yo, descubrimos la bendición tan grande que nos regaló Dios con nuestro hijo, nos recordó la importancia de ser agradecidos, lo mágico de la humildad y sencillez, pero sobre todo nos regaló la oportunidad de ver el mar, una vez más, por primera vez.

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