El príncipe que no sabía compartir

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Había una vez en un país muy lejano, un príncipe llamado Ian al que apodaban “el explorador”.

El futuro rey vivía en un castillo grande, con altos ventanales y jardines inmensos llenos de flores de muchos colores. En este castillo había suficiente espacio para correr y saltar sin molestar a nadie, por lo que el pequeño príncipe pasaba tardes enteras descubriendo los secretos escondidos en las paredes de su hogar.Los reyes eran personas muy generosas y siempre ayudaban a sus súbditos, pero el príncipe no seguía sus pasos.

El pequeño llegó a tener tantos cachivaches que no cabía más en su recámara, así que el arquitecto real le construyó una casa, solo para sus juguetes, en su jardín favorito. El príncipe se volvió tan caprichoso que no permitía que nadie jugara con sus juguetes; a veces hasta los escondía para que nadie más los pudiera tomar. Los reyes se sentían agobiados, pues no sabían que hacer para que su pequeño hijo dejara de hacer berrinches y compartiera sus juguetes, así que al no encontrar respuesta decidieron hacer algo extremo: llamaron a la abuela.

La abuela era la persona favorita del príncipe, tenía una imaginación maravillosa. Invariablemente cargaba una enorme bolsa gris, gastada con enormes flores de colores y adentro, siempre había pequeños artefactos de colores vistosos, que muchas veces funcionaban como soluciones a los problemas de la familia real.

Cuando el príncipe vio llegar el carruaje de la abuela, bajó corriendo por las escaleras de caracol, que conectaban el salón de baile con una de las recamaras de la torre más alta. En cuando ella lo vio se bajo de un salto del carruaje y corrió a abrazar al pequeño explorador.

A la hora de la cena, el príncipe Ian se sentó en su silla alta y comenzó a comer los ricos chícharos que había en su plato, y de pronto la abuela rompió el silencio y dijo:

-Ian, he venido desde lejos a proponerte un trato. Tus papás me dicen que te encantan los juguetes, así que si tu me prometes que todos los días vas a jugar un ratito con cada uno de tus cachivaches,  yo te daré uno nuevo cada noche antes de dormir.

El pequeño príncipe no pudo disimular la gran sonrisa de oreja a oreja que le provoco escuchar las palabras de su abuela. Fascinado por la propuesta, el niño corrió hasta ella para llenarla de besos.

Los primeros días transcurrieron sin problemas, nuestro príncipe le dedico veinte minutos de juego a cada uno de sus juguetes, y cada noche, su abuela llegaba con uno mucho mejor que el del día anterior. Conforme pasaron las noches, los juguetes se fueron acumulando y cada vez era más dificil disponer suficiente tiempo para cada cachivache hasta que llego el día en el que el príncipe casi no tenía tiempo para dormir o comer.

-Abuela, ¿Puedo hoy, solo jugar con algunos de los juguetes? Me siento cansado y creo que me serviría una buena siesta.

-Querido, un trato es un trato, si no quieres jugar hoy está bien, pero al llegar la noche no habrá un juguete nuevo.

El pequeño se quedó pensativo, así que decidió salir a pasear al jardín favorito con su perrito de peluche, para pensar como podía salir de aquella calamidad.

Mientras recorría los senderos de ese hermoso lugar, respirando el fresco de las flores y bailando de vez en vez con el sonido de las hojas de los arboles al dejarse llevar por la brisa de otoño, el pequeño príncipe escucho cantos y risas al otro lado de la pared que separaba su querido jardín con la aldea vecina. De manera muy cuidadosa se subió a las ramas de un árbol alto para poder ver a que se debía tanto alboroto. Para sorpresa del príncipe las risas y cantos venían de un grupo de niños jugando con una bola de papel.

Nuestro explorador no podía creer lo que veían sus ojos, ¿Cómo era posible que se divirtieran tanto con algo tan simple? Mientras bajaba del árbol con cuidado, para no raspar sus rodillas, decidió salir del castillo para poder ver un poco más de cerca este acontecimiento. Al llegar a la puerta uno de los niños perdió de vista la pelota improvisada, por lo que aterrizó justo a los pies del confundido príncipe. Sin pensarlo dos veces pateó de regreso la bola de papel y sin decir nada más, comenzó a jugar con los otros niños. Pasaron las horas y de pronto el príncipe tuvo una idea.

-Amigos, ¿Les gustaría jugar conmigo y mis juguetes? Yo tengo muchos y no tengo tiempo de jugar con todos, pero ustedes me pueden ayudar y así nos divertimos juntos.

Los niños aceptaron felices y todos corrieron a la casa de los juguetes, que el arquitecto real había construido, solo para los cachivaches del caprichoso príncipe. Jugaron por horas enteras hasta que llego la hora de cenar. El futuro rey vio a sus nuevos amigos y con una sonrisa, les obsequio los juguetes que mas les habían gustado.

-Pero a ti te encantan tus juguetes, ¿no te vas a arrepentir de compartirlos con nosotros? – le preguntó uno de los niños mientras observaba con asombro como el principe se desprendía de sus mas preciados tesoros.

-No, porque mientras tenga amigos con quien compartir mis cachivaches, hasta una simple hoja de papel se vuelve el juguete más divertido.

La abuela entonces, entró con su enorme bolsa y repartió galletas y dulces a los felices niños que jugaron hasta que llegó la hora de bañarse, cansados de risas y cantos que repitieron cada tarde desde aquella vez.

Y colorín colorado, llego la hora de dormir.

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