Ser niño y adulto

En este fin de semana largo, he confirmado mi suerte y en el espíritu del día de gracias, quiero aprovechar para agradecer a Dios y a la vida, la maravillosa y caótica familia que ha puesto en mi camino.

Hemos pasado estos cuatro días de descanso divirtiéndonos como enanos con nuestro pequeño explorador. Mi guapo marido y mi simpático bebé me han demostrado una vez más la importancia de seguir siendo niños. Justo es este tema en el que mi marido sobresale. Este papá cool, cuando se trata de jugar con Ian el explorador, siempre se convierte en un niño escondido en un cuerpo de adulto y aunque hay personas que difieran conmigo, el ver la sonrisa dibujada en la cara de mi hijo y la mirada de ternura de mi marido cuando juegan juntos a los carritos o bailar sin ritmo en toda la sala, vale cada uno de los segundos que tengo que pasar atrás de ellos recogiendo los juguetes que dejan en el camino.

Mientras los veo jugar en la sala, imaginando que la alfombra es la cancha del Estadio Azteca, intento mantener la calma cada vez que veo el balón de futbol atravesando el espacio entre su cancha imaginaria y el comedor. He sido testigo de sus aventuras secretas, en las que conquistan mundos que solo existen entre sus sueños y risas infinitas. He visto a mi marido convertirse en un niño y regresar a la vida de adulto en cuestión de segundos y lo más mágico es que, mientras él se transforma de una edad a otra, mi hijo lo admira y lo vuelve su mejor amigo, al mismo tiempo que aprende que, en la vida, hay momentos y lugares para todo. Que cualquiera puede divertirse como niño, sin preocupaciones y sin ataduras y al mismo tiempo vivir una vida digna y responsable.

He llegado a la conclusión de que uno no puede mantener la cordura al convertirse en padre o madre, si olvidas las maravillas de la infancia. Esa facilidad de sorprenderse con las cosas más sencillas, la simplicidad con la que bañan los problemas de la vida cotidiana y la capacidad de cuestionar las cosas que muchas veces damos por entendidas. Verán, si uno olvida todas esas habilidades, será mucho más fácil desesperarse cuando llegue la famosa edad del “¿Por qué?” , o cuando tu hijo no de más de dos pasos sin detenerse a admirar a las hormigas que pasan cargando su comida, o con cada una de esas miradas de asombro cuando ven un avión en el cielo o escuchan al tren pasar a lo lejos. En cambio si revivimos junto con ellos esa curiosidad y entusiasmo de descubrir el mundo todos los días, entonces podremos, no solo contestar esas numerosas preguntas seguidas por unas cuantas más, pero también seremos capaces de descubrir las respuestas más sencillas a los problemas más abrumadores de nuestra vida adulta.

Al final, esta etapa va a pasar y nuestros pequeños exploradores se convertirán en adolescentes indiferentes, ¿Qué tal si les enseñamos a no dejar de asombrarse, a cuestionarse todo lo que los rodea, o que uno siempre puede ser adulto sin dejar de ser niño?.

Eso es lo que mi marido ha hecho, no solo con mi hijo, pero con está mamá calamidades, que gracias a él, he recordado que siempre hay tiempo para juegos, para preguntarse porque el cielo es azul y sobre todo, para seguir soñando como niños.

 

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