El niño que no se quería bañar

Antes de comenzar con está historia, quiero tomarme un momento para recordar a mis abuelas. Soy una persona muy afortunada, la vida me regaló dos fantásticas abuelas, que me enseñaron la magia de los cuentos y las maravillas de una vida llena de imaginación. El siguiente relato está basado en el cuento de “Timoteo” que me contaba mi abuela Nena cuando iba a la casa a visitarnos. De mis dos abuelas podría hablar horas, mi vida no sería tan rica de experiencias si no fuera por ellas. Por ahora ¡un beso hasta el cielo mi chula!, te extraño. Y a Vicha, ¡ya casi voy a verte Abue! espérame con besos.

El niño que no se quería bañar.

Había una vez un pequeño niño que amaba jugar en el jardín. Disfrutaba de las tardes de sol bajo la sombra de ese árbol, que algunos llaman “Pata de león” pero que él conocía como su pequeño club clandestino. En este club, nuestro pequeño protagonista, escondía tesoros de todos colores y formas. El niño podía pasar horas enteras jugando en el lodo, imaginando misiones secretas que solo él conocía.

El problema nunca fue que saliera a jugar; el problema empezaba cuando era la hora de su baño. Después de descubrir fortunas escondidas en el arenero de su jardín, nuestro explorador nunca quería lavarse las manos ni limpiarse la cara antes de cenar o de irse a la cama.

-¡Ándale niño! Vamos a bañarte para que puedas cenar – le decía su mamá, cansada de perseguirlo por toda la casa. Pero el niño nunca hacía caso y siempre encontraba lugares nuevos para esconderse.

Un día mientras el pequeño y su mamá llevaban a cabo su rutina diaria de correr por los angostos pasillos de la casa, el papá muy serio dijo:

-Hijo, si no te bañas te van a salir plantas de las orejas y uñas.

Pero lejos de asustarse, parecía como si la amenaza le causara gracia.

-Papá no soy verde, ni estoy hecho de tierra ¿Cómo crees que van a salir hojas y plantas de mis uñas y orejas?

Cansados los papás de siempre la misma calamidad, decidieron esa noche darle una lección a su pequeño hijo. La mañana siguiente, cuando la mamá fue a despertar al niño le dijo:

-Si hoy no te quieres bañar, está bien, puedes quedarte cochino, pero solo hoy. Mañana sí tendrás que asearte ¿De acuerdo?

El niño se levantó de la cama de un salto, le dio un enorme beso a su mamá y se dirigió, sin detenerse al jardín, para poder explorar todos esos mundos extraordinarios que se escondían en su imaginación.

Pasaron las horas y finalmente llegó la tan odiada hora del baño. Pero para sorpresa del niño, la mamá cumplió su promesa y no lo llamo para que entrara a la casa. Este acontecimiento puso tan feliz al niño que se lanzó al lodo para celebrar.

Llegada la noche, su pancita empezaba a hacer ruidos extraños, así que se despidió de sus juguetes y entró a su casa para poder cenar.

La escena era de miedo, su carita estaba llena de tierra y tenia las uñas negras. Su brazos estaban cubiertos de barro y hasta tenía mugre atrás de las orejas. Aún así, ni su mamá ni su papá le pidieron que se lavara las manos ni la carita.

Cansado de tanto jugar, se fue pronto a descansar. Soñaba con leones, pirámides y príncipes que no sabían compartir.

Todo en la vida de este pequeño explorador era perfecto.

La mañana siguiente, cuando su mamá se disponía a despertarlo, hecho un grito ahogado que provocó que su papá entrara corriendo para ver qué ocurría. El pequeño no entendía lo que pasaba, hasta que su mamá tomó un espejo para mostrarle lo que los tenía tan horrorizados.

¡A su pequeño hijo, le habían salido hojas y ramas en lugar de brazos y piernas!

Sus padres no lo podían creer, de su cabeza salían plantas, de sus orejas se asomaban pequeñas hojas de color verde y hasta un botón de flor se alcanzaba a distinguir entre tanto planterío.

– ¡Mamá, papá ayúdenme! Yo no quiero ser un niño jardín – lloraba el niño mientras se veía sus brazos y piernas.

Los papás no sabían qué hacer, así que llamaron a su jardinero de confianza. Sorprendentemente, está no era la primera vez que alguien lo llamaba por un suceso parecido, según el hombre, tan solo en el mismo mes, había atendido 3 casos diferentes de niños, que por no bañarse, les salieron plantas en el cuerpo.

-¡Uy! Uno hasta tenía una lechuga en el cachete – les contaba el jardinero mientras evaluaba el predicamento del pequeño explorador.

De pronto sacó sus tijeras de jardín y con mucho cuidado comenzó a cortar las hojitas y algunas ramitas. El resto lo tuvo que arrancar. Aunque trató de hacerlo con cuidado para no lastimar al niño, no pudo evitar que una que otra lagrimita corrieran por las mejillas del pobre explorador.

Terminado su trabajo, el jardinero le dijo a sus papás:

-Ahora un buen baño con estropajo y ¡listo!

Mientras el papá acompañaba a la puerta al jardinero, la mamá del pequeño llenaba la tina de agua calientita.

Le dieron un buen baño al niño, con jabón y estropajo; y mientras el travieso explorador le daba su pie a su mamá para que limpiara entre los deditos, prometía no volver a quejarse de la hora de bañar.

Desde ese día en adelante, el pequeño siempre se aseaba, se lavaba sus manos antes y después de comer Todas las noches después de jugar, disfrutaba de un buen baño con agua calientita y lavaba su carita antes de salir a pasear. Nunca más le volvieron a salir hojitas y ramitas en su cuerpo.

 

Y colorín colorado, llegó la hora de dormir.

 

 

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