Nuestro sueño colectivo

¿Alguna vez se han preguntado cómo sería su vida si hubieran elegido caminos diferentes? ¿Qué hubiera pasado si hubieras estudiado lo que verdaderamente querías, o si no hubieras ido ese viernes a ese bar en donde conociste al amor de tu vida? O incluso lo que sería de tu presente si, tal vez, en lugar de perder tanto tiempo en la escuela te hubieras puesto a estudiar un poco más.

Yo pienso en esto muy seguido, más desde que nació mi hijo. Para explicarles por qué, tengo que regresar un poco en la historia. Quién me conozca desde hace tiempo, podrá ser testigo de que mis últimos tres años antes de casarme fueron un verdadero caos. Perdí grandes amistades, hice otras más fuertes, fui lo que no quería ser y también hice todo lo que se me antojó.

Ese nunca fue el plan, como tampoco lo era enamorarme de mi marido de la manera en la que ocurrió, ni cambiarme de carrera a dos semestres de titularme, perder a las personas que perdí y mucho menos casarme con mi amigo, ese al que conocí un viernes después de la escuela en un pequeñito bar, y bueno, que decir sobre el hecho de irme de mi querido México para empezar una nueva vida en otro lugar. No. Esto no era parte de mi plan.

Lo que yo planeaba, era estar cerca de mi familia, tener hijos, casarme, si, pero después de un largo noviazgo, ya saben de esos que cuando por fin se comprometen, la gente comenta “Vaya, ya era hora” y cosas así. Mi plan era trabajar, desarrollar mi profesión, pero tener tiempo de ir al café de los martes con mis primas, comer un día de la semana en casa de mi abuela y que a mis hijos les preguntaran en la escuela si eran nuestros, cuando tuvieran clases con los mismos profesores que mi marido y yo tuvimos.

Sin embargo, mi vida me demostró una vez más, que yo no estoy hecha para estereotipos. En lugar de lo que durante tantos años había planeado, el destino me mandó una curva que me hizo cambiar de dirección.

Cada vez que pienso en esto, me asombro de lo diferente que es mi vida, en papel, a lo que antes había pensado, pero en la práctica no puedo evitar preguntarme ¿Es en realidad tan diferente?

Claro, no vivo en México ni cerca de mi familia, pero vivo rodeada de amigos que, a veces, son más cercanos a nosotros que algunas otras personas con las que mi marido y yo compartimos apellido. A mis hijos no les van a preguntar en la escuela si son nuestros, pero recordando como éramos en ese tiempo, quizá no sea tan malo, después de todo lo que nuestros pequeños construyan con su reputación será solo de ellos y no tendrán que vivir bajo la sombra de lo que sus padres fueron o no lograron. Trabajo, trabajo muchísimo y en mi labor encontré una parte de mi que no recordaba que existía. Esa parte que se siente capaz de comerse al mundo, de poner manos a la obra y de ser reconocida por mi nombre y no por mi apellido. Encontré la llave, que abre las puertas que siempre pensé, que para mi, estaban cerradas.

Si, tal vez no tengo tiempo de ir al café los martes, pero tengo tiempo para jugar con mi hijo a imaginar mundos desconocidos, de ver a mi marido, de verdad verlo y maravillarme de lo bueno que es.

Conocí a mi marido en un bar, fuimos amigos 3 años, cuando por fin se decidió, duramos seis meses de novios antes de comprometernos. La gente no comentó “Ya era hora” más bien se preguntaban ¿En que momento?.

Seguro más de uno está pensando que abandoné mis sueños, pero no fue así. Mi vida es diferente a lo que planeaba, pero no a lo que soñaba. Planear y soñar no es lo mismo. Tu planeas hacer el mandado, haces una lista, vas al súper, pones las cosas en el carrito, pagas, listo. Pero sueñas con poder comprar todo lo que se te antoje sin exceder tu presupuesto. Sueñas en poder comer 6 tacos y no engordar. Sueñas con la casa que algún día te gustaría tener, pero planeas cómo vas a dividir tu quincena para poder pagar todas las cuentas. Esa es la diferencia. Yo planeaba la vida perfecta, pero soñaba con ser feliz.

Mi marido, mi hijo y mi carrera me hacen feliz. Mi vida es una vida soñada, llena de planes que fallaron al momento de la ejecución, de listas de cosas por hacer que nunca se llenaron pero también, de cosas que siempre había querido hacer y de esos sueños que a veces te da pena contar, porque no quieres que la gente te sepa vulnerable o soñadora.

Yo no abandoné mis sueños, cambie mi plan. Convertí el plan de mi marido y el mío en uno solo, dejando espacio suficiente para que ambos podamos seguir soñando con lo que queremos ser de grandes, verán, el error no está solamente en dejar de soñar cuando te casas. La verdadera equivocación es no encontrar espacio en tu plan para los sueños de tu pareja. Mi marido hizo mis sueños suyos y yo los de el. Ahora soñamos juntos con todo lo que podemos hacer y lograr. Sabemos que los planes solo son eso, planes, una serie de pasos para alcanzar un objetivo y aunque tenemos planes claros siempre la meta es cumplir nuestro sueño colectivo de ser felices aunque la vida nos mande curvas y nuestro plan este lleno de correcciones.

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